las amo desde que eran mis pequeñas enamoradas,
aun necesitan del calor de la palabra.
me leyeron ambas manos y me advirtieron de sus propias mentiras,
eran sol y mar
aunque no lo sabían.

su caballo blanco me mintió,
olían a sudor y tierra, y bebían absenta en la casa cantarina.
que ebrios estábamos y qué mentirosos éramos.
la luna bailó para nosotros sobre el césped cómo alfombra y ni gracias.
me perdí en sus faldas, disfraces sureños color granate,
que en el atardecer florecían y se iban abriendo.
inflorescencia o psudanto que se esconde del sol
y espera la lluvia púrpura en un campo dónde todo está correcto.
haré de mi vida una gran novela de la cual no podré ni escribir el prólogo,
quizá nadie, a excepeción de ellas, gitanas del arte, mundanas bellas, fatales.